-
Me voy
del grupo - .
Esa fue la última vez que mis compañeros y yo
vimos a Ueda Tatsuya. Estábamos comiendo en un restaurante, tras el rodaje del
que iba a ser nuestro último programa juntos, cuando nos vimos sorprendidos
ante esa declaración de nuestro cuarto miembro. Es cierto que Ueda llevaba ya
varios días comportándose de manera extraña y distante, pero.. ¿quién habría
imaginado que eso estuviese pasando por su cabeza?.
-
Tat-chan...
- Abrí la boca para decirle que no se fuese, que no se marchase, pero las
palabras se fueron agrupando una a una en mi garganta, sin ser capaces de
salir. Era completamente incapaz de decirle nada y cuando pude darme cuenta,
las lágrimas corrían por mis mejillas, viendo inmóvil como él se marchaba,
probablemente para no volver.
Efectivamente, después de aquello no volvimos a
ver a Ueda. Pasaban los días sin que viniese por la empresa, no asistía a las
reuniones ni a los ensayos, al igual que no contestaba ninguna de mis llamadas
ni mensajes, por lo que cada vez estábamos todos más y más preocupados. No
comprendíamos en absoluto que había pasado y eso me tenía con los nervios a
flor de piel.
-
Junno
¿has podido contactar con él…? – me acerque hasta Taguchi al verlo sentado a un
lado en la sala de ensayos, acuclillándome frente a este con el rostro serio.
-
No… es
desesperante… ¿En qué estaba pensando? ¡No puede dejarnos así! – echó la cabeza
hacia detrás, dejándola descansar contra la pared mientras acababa sentándome a
su lado, mirando al suelo.
Dejé escapar un pesado suspiro, cargado de
preocupación y cansancio, llevando después una mano hasta mi frente, enredando
los dedos en mi pelo mientras me lo echaba hacia detrás.
-
¿Sabes?
No puedo dejar de pensar que en parte esto es culpa mía… Siento como si hubiese
hecho algo… que nos ha llevado a esta situación… - Sonreí, aunque aquella era
más una sonrisa llena de tristeza más que de alegría. – No entiendo por qué
nunca me comentó nada… ni a ti… por qué no dijo nunca nada… ¿Es que… acaso… no
significamos nada para él? – Iba arrastrando cada palabra hasta que la voz se
me fue entrecortando, sintiendo como los ojos volvían a colmarse de lágrimas.
Las contuve y respiré hondo, ésa vez no iba a permitir que se apoderase de mí
el miedo. Tenía que ser fuerte.
Las horas iban pasando y cada vez me pesaba más y más el cuerpo, por lo que cuando llegó la
hora de volver a casa recogí mis cosas y, sin decir nada a nadie, me fui
directo al coche, ensimismado y deseando que el día acabase pronto, que todo
hubiese sido únicamente una pesadilla.
Llegué a casa, dejando los zapatos a la entrada
y caminé hasta el salón, dejándome caer de espaldas en el sofá. Lo último que
recuerdo es que estaba mirando la foto que tenía enmarcada, a un lado de la
estantería que estaba frente a mi, en la que salíamos Ueda y yo.
No sé cuánto tiempo estuve dormido, pero me
desperté de golpe al escuchar el tono de llamada de mi móvil. Sinceramente, no
tenía ganas de hablar con nadie, pero si no contestaba seguramente causaría más
problemas a los demás, así que me saqué el teléfono del bolsillo y contesté la
llamada.
-
¿Si..? –
Me froté un ojo con la mano, mirando el techo aunque a oscuras en la
habitación.
-
¡¿Cómo
que “¿si?”?! ¡¿Eso es todo lo que me tienes que decir?! –
Suspiré al reconocer su voz.
-
Nakamaru…
Buenas noches… -
-
¡Nada de
“buenas noches”! ¡¿Qué pasa contigo?! ¡Tenemos que intentar buscar alguna
solución a nuestro problema! No puedes pasarte el día como si fuese el fin del
mundo. – Me hablaba a voces. Nakamaru a veces podía ser un poco brusco, pero
entendía sus razones. Ueda era el tercer miembro que se marchaba de nuestro
grupo y, si eso seguía así, finalmente tendríamos que disolvernos, aunque ya
esto iba a pasarnos factura tarde o temprano.
-
¿Te
importa que te llame en otro momento? Prometo que llamaré – Colgué el teléfono,
estirando el brazo y dejándolo caer al suelo.
Esperé unos minutos en silencio, mirando aún el
techo, antes de levantarme por fin. Una vez en pie, encendí la luz del salón,
mirando alrededor como si buscase algo, aunque realmente no había nada que
encontrar. La habitación estaba igual que siempre: el sofá color beige centrado
en la estancia, frente a este una pequeña mesa de cristal, sin nada encima; un
mueble apilable para la televisión, compuesto por el mueble base, una
estantería superior y una lateral con una vidriera donde guardar películas,
libros y la fotografía. Justo detrás del sofá había un pequeño escritorio con
el portátil encima y una silla con respaldo.
Después de observar todo aquello me dio un
pequeño escalofrío. No me acostumbraba del todo al imponente silencio, así que
encendí la televisión para tener ruido de fondo y caminé hacia el baño,
dispuesto a darme una ducha y así intentar relajarme y evadirme de todo.
Una vez en el baño, me acerqué hasta la bañera,
abriendo el agua caliente para dejar que se fuese llenando a medida que me
desvestía. Sin esperar a que se llenase del todo, me metí en esta, dejando que
el agua poco a poco fuese subiendo y acariciando mi cuerpo. Cerré los ojos y
dejé la cabeza apoyada contra el frío mármol, tratando de aclararme las ideas.
Tenía que conseguir hablar con Ueda, pero no se me ocurría como hacerlo.
Estaba jugando tranquilamente con la espuma que
se había ido formando a lo largo del baño cuando escuché como llamaban a la
puerta.
-
“Se
habrán equivocado” -pensé haciéndome el loco y sin intenciones de salir, cuando
escuché como llamaban de nuevo.
Esta vez, extrañado, salí del agua, enfundándome
en mi albornoz y caminé fuera del baño hacia la puerta.
-
¿Quién
será ahora? ¿No pueden dejarme tranquilo..? – Con el ceño fruncido llegué hasta
el contestador, activando la videocámara para ver de quien se trataba y, al
verlo, sólo pude quedarme boquiabierto. ¿Por qué tenía que ser él en ese
preciso momento…?
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